La transgresora… La 1era. MUJER BANDONEONISTA PAQUITA BERNARDO!!!

Paquita Bernardo

La primera mujer que se atrevió a abrir y cerrar las piernas en público para tocar el bandoneón.

Nació en 1900 y murió en 1925.

Fue la primera bandoneonista argentina cuando el fuelle era sólo cosa de hombres, porque interpretarlo implicaba hacer movimientos “poco decorosos” para el género femenino.

Fundó una orquesta cuyo pianista fue el entonces adolescente Osvaldo Pugliese y fue compositora. Carlos Gardel la admiraba y cantó uno de sus tangos, “Floreal”.

Todas las luchas reivindicatorias, las mujeres agregan una que es exclusiva del género femenino: la lucha por la conquista del propio cuerpo. Si en pleno siglo XXI en la Argentina no les es posible decidir sobre el destino de un embarazo no deseado aunque sean quienes llevan el hijo en el vientre, a comienzos del siglo XX tampoco podían decidir sobre cosas aparentemente tan nimias como la elección de un instrumento musical.

Para las señoritas de “buena familia” la guitarra y el piano eran los instrumentos por antonomasia. Pero a Francisca “Paquita” Bernardo se le ocurrió tocar el bandoneón, un “instrumento de hombres” para interpretar un género que nació también con la marca de la masculinidad, el tango.

Elegir el bandoneón era realmente un gran desafío porque implicaba hacer en público algo que jamás haría una mujer “decente”: abrir y cerrar las piernas sobre el escenario. Una verdadera desfachatez.

El padre de Paquita, José María, de origen andaluz, se negaba terminantemente a que su hija se dedicara al bandoneón por el “qué dirán”. Su madre, también de origen español, María Giménez, tenía otras razones para negarse: temía que su hija fuera castigada por su conducta impropia y le tiraran piedras cuando se presentara en público. Confesarles su vocación a sus padres no fue fácil para Paquita. Se trató casi de la confesión de un pecado en el confesionario de una familia bien constituida. Tan difícil fue dar aquel paso que necesitó de la complicidad de sus hermanos para darlo.

Nacida con el siglo y muerta cuando le faltaban pocos días para cumplir 25 años, su breve vida le bastó para alcanzar su sueño, tocar el bandoneón, fundar una orquesta de tango y componer. Pero lograr todo eso no le resultó fácil. Según lo refiere Diego A. Del Pino en Paquita Bernardo. La primera mujer bandoneonista (Ediciones BP), al conocerse la decisión de Paquita, se acercaron varios amigos de su padre. “Allí estaban Fernando Dubini, dueño de una herrería no lejos del barrio y Alejandro Pérez (…). También el andaluz don Nicolás, dueños de una peluquería de Villa Crespo, en Serrano al 300 a la que acudía el notable vecino Leopoldo Marechal. (…) Al enterarse de la pretensión de la hija de su buen amigo no pudo evitar decirle: ´Niña, eso está muy feo… ¡Pero muy feo! (…) Otro amigo comentó: ´Además, tendrías que tocar por las noches y usar pantalones´.”

Pero a Paquita Bernardo no lograron disuadirla ni la oposición de la familia ni los prejuicios de los vecinos. Quizá presintiendo que su vida sería muy corta se dedicó por entero a realizar su vocación. Había tomado la decisión y no estaba dispuesta a dar un paso atrás. No sólo rechazó el delantal de cocina que en su casa era una tradición pasar a la hermana menor cuando ya tenía edad para cocinar, sino que rechazó también una propuesta de casamiento porque, según le dijo a su pretendiente, ella ya estaba casada con el bandoneón.

Apenas comenzaba la adolescencia cuando les pidió a sus padres que la enviaran a un conservatorio a aprender música. Allí recibió, además de las clases, la influencia de uno de sus compañeros, José Servidio, quien sería el autor del famoso tango El bulín de la calle Ayacucho. Posiblemente él haya tenido mucho que ver en el hecho de que Paquita se dejara seducir por la música porteña por antonomasia y por su instrumento emblemático, el bandoneón.

Paralelamente a sus estudios oficiales, la niña rebelde comenzó a practicar en secreto el instrumento prohibido con el método que creara en 1915 Arturo Berro. Recibió más tarde lecciones de Garci y de otro bandoneonista conocido en el medio como “Chumbita”. Luego de haberles confesado a sus padres su gran pecado, entre 1917 y 1919 se dedicó a presentarse en su barrio a cuanto bautismo, cumpleaños, casamiento o fiesta familiar fuera invitada una vez que comenzó a afianzarse su fama de ser una buena “música”.

Jamás utilizó pantalones para atenuar los “poco recatados” movimientos de piernas que le exigía el bandoneón. Sí, en cambio, usó camisa y, en ocasiones, corbata. Su fama comenzó a crecer en forma vertiginosa. Tocó en diversos cafés hasta recalar en el famoso café Domínguez. Para ese entonces ya se la llamaba “La flor de Villa Crespo” y, ocupadas las mesas del famoso café, sus seguidores se amontonaban en la calle para poder escucharla. Pedro Mafia, que tenía su misma edad, en ocasiones la aconsejó respecto del bandoneón, instrumento en que él se convirtió en un innovador.

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